Futuro perfecto

Siendo pequeño recuerdo a mis sufridores padres explicarme las lecciones de historia y acompañarme en la ardua actividad que es el estudio para un niño. Realmente “estudiar” para un niño no es agradable.

En aquellos entonces uno no entiende ese esfuerzo de entendimiento que continuamente se le exige y no encuentra aplicaciones de ningún tipo a la vida que vive. Recuerdo que me gustaba jugar a fútbol (lo hacía fatal, por cierto), jugar a policías y ladrones, y escuchar música…como a tantos…

Tener interés fue a partes iguales una cuestión de instrucción en hacer actos de fe por un lado, y curiosidad inherente a la raza humana por otro. Los años pasaron y continué estudiando ya no por obligación, sino por curiosidad. En todo este camino he notado que poco a poco el entorno se ido parando. El movimiento de uno mismo se mantiene constante mientras que todo lo que parecía moverse con dinamismo se va parando sin saber el por qué. Al final lo extraño es habitual.

Parece que en el rigor de la experiencia y la consecuente madurez que otorga el paso de los años tiene que cimentar nuestra percepción de la vida pero en realidad pasa todo lo contrario. El tiempo pasa y el sentimiento de perplejidad va in crescendo. Igual como cuando era niño y empezaba mis primeras clases.

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