El “eslabón perdido” del debate económico, por René Passet

JoanFontcuberta

imagen: “Conscientious” de Joan Fontcuberta

RENÉ PASSET
Texto publicado en Transversales Science Culture, nº 28, julio de 1996. Traducción del francés por Sara Echevarría y María Naredo, y publicada en la revista Archipiélago, nº 33, julio de 1996.

No hay progreso sin debate sin una lengua común. Pero los “maestrillos” de la economía denominada “ordodoxa” se contentan con discutir entre ellos. Jamás han anunciado y jamás han visto venir ni la mutación del sistema, ni los problemas de medioambiente, ni la necesidad de nuevos desarrollos: dejan de lado los hechos y no se interesan por nadie ajeno a ellos mismos. Encarnan la ciencia, simplemente porque son los más numerosos dentro de una comunidad científica de los economistas, se citan abundantemente unos a otros, quedando imbuidos de su propia importancia.

Sin embargo, un extraño “debate” se desarrolla entre una parte y otra de un foso: de un lado, aquellos que proclaman alto y fuerte las virtudes del liberalismo; de otro, aquellos que discuten. Los primeros disertan en un “latín” riguroso con sus conceptos y sus pilares fundacionales, y los segundos usan necesariamente otra lengua, dado que rechazan esas convenciones. Los dos discursos se ignoran, en lugar de enriquecerse mutuamente.

Los dominantes creían tener buenas razones para triunfar. La ola liberal de los años 80 y la más retrógrada microeconomía se apoyaron mutuamente y parecían haber desterrado definitivamente la economía keynesiana, marcada por el marchamo infamante del intervencionismo estatal. Fue el reino, en el plano político de Reagan y Thatcher y, en el plano teórico, de Friedman, Lucas, Laffter, Hayek (tardíamente redescubierto) o de Becker. Este último proclamaba la universalidad de una disciplina, susceptible de aplicarse de ahora en adelante a todas las actividades humanas: el matrimonio, el adulterio, la pida política. Cada individuo, por el hecho de ser racional, se comportaría como un empresario cuyo arte consiste en gestionar una simple función de producción.

La racionalidad, cuando va acompañada de una información perfecta, consigue llegar necesariamente al optimum optimorum. Un personaje ha de intervenir ahí, al menos sobre el papel: un “mediador”, primo cercano del Demonio de Laplace, que conoce y da a conocer las condiciones del mercado. La necesidad de un procedimiento centralizado dentro de un esquema de realización de un equilibrio que se supone “libre y espontáneo” parece poco coherente, lo que se trata de remediarse con la teoría denominada de las “expectativas racionales”.

Hagamos que todo individuo un pequeño “mediador”, una especie de visionario extra-lúcido que se comporte como la teoría -la verdadera, la buena, la ortodoxa- dice que debe comportarse. Las anticipaciones, dice Muth, al consistir en previsiones informadas sobre acontecimientos futuros, son esencialmente las mismas que las previsiones que haría la teoría. Fantástico, si la teoría dice lo que los individuos deben hacer y los individuos hacen lo que la teoría les dice, entonces ésta nos dice lo que hacen efectivamente los individuos. La teoría aparece así, de un solo golpe autovalidada y el “Teorema de la imposibilidad” de Gödel se ve súbitamente relegado al cuarto de los trastos viejos.

Todo gobierno, cuyas estrategias son comprendidas y ejecutadas inmediatamente por la racionalidad anticipadora de los agentes, se convierte en inútil. Dejemos, pues, actuar a los mecanismos de mercado y bendita sea la mano invisible que realiza tan grandes cosas.

Sin embargo, los mezquinos ayatollahs de este integrismo triunfador debieran mostrarse más modestos:

  1. El “arte” de repetir en otros idiomas lo que otros han escrito en “americano” no otorga validez científica al discurso: autoproclamarse está al alcance de todo el mundo.
  2. Cada vez que en la historia de las ciencias una escuela se ha definido como exclusiva, no ha significado más que su propio declive por la incapacidad de integrar -en un mundo que se mueve- todo aquello que no forma parte de ella. Ésta es una de las raras “leyes de la historia” que jamás ha conocido el fracaso.
  3. Combinar el discurso de la ideología liberal con un análisis teórico científicamente fundado no significa más que una subordinación en la que el segundo depende de la primera y depende de la anticiencia: ninguna doctrina ha sido suficiente para crear una doctrina.
  4. Y no insistamos en la pobreza de las hipótesis…

Una nueva microeconomía…

Sin embargo, desde finales de los años 70 se desarrolla una nueva microeconomía que, dentro del campo mismo del pensamiento ortodoxo, camina en paralelo con la precedente. No se trata propiamente de una escuela sino de una convergencia de una serie de trabajos. Los autores, apoyándose en los desarrollos recientes de la teoría de los juegos y sin obedecer a un programa global, diseñan progresivamente un paisaje nuevo.

Finalizando el simplismo de la hipótesis de partida en las que registraban de antemano las conclusiones a las que se quería llegar, “el objetivo de la nueva microeconomía -dice P. Cahuc en una reciente obra de síntesis-  es estudiar el comportamiento de los individuos racionales en un mundo donde la información no está totalmente disponible y donde las decisiones individuales no las coordina ningún “mediador”. Y nos encontramos con la sorpresa (pues la economía ortodoxa no nos había hablado de ello) de que la mano invisible parece haber desaparecido. En las situaciones donde no reina la competencia pura y perfecta y donde los “mediadores” ejercen sus habilidades sólo dentro de los límites escritos de las “salas de subastas”, el equilibrio no se consigue siempre; y cuando se establece no corresponde obligatoriamente con el “óptimo” de Pareto. En el célebre dilema del prisionero, por ejemplo, el único equilibrio posible es el que resulta del hecho de que los dos personajes, tomados individualmente, tienen interés personal en denunciar al otro, mientras que su interés colectivo sería declararse mutuamente inocentes.

Aún mejor, la economía así descrita se presta al despliegue de numerosos efectos perversos. Las imperfecciones y asimetrías de la información permiten la aparición de mecanismos de antiselección, según los cuales los compradores no se encuentras en disposición de discriminar las mercancías en función de su calidad (de no pueden apreciar, como es el caso de los vehículos de ocasión) de manera que prefieren adquirir las mercancías más baratas, al no percatarse de su menos calidad. Lo cual llevaría a la desaparición de los productos de buena calidad: según una especie de “Ley de Gresham generalizada” las mercancías de calidad inferior excluirían el mercado a las de calidad superior. Se constatan efectos parecidos en todos los casos (seguros, mercado de las reparaciones, etc.) donde existe una asimetría de información y donde el agente informado se beneficia de una renta de situación. El engaño, la mentida, el fraude… forman parte del juego. Nos encontramos lejos de la distribución socialmente óptica de los recursos.

…no exenta de debilidades

No todo es perfecto en este universo de pensamiento. Por una parte, se trata de una relectura de ciertas teorías económicas, más que descubrimientos nuevos. La mayoría de las teorías utilizadas en esta “nueva microeconomía” han nacido independientemente de ella: los primeros análisis del duopolio (Cournot) se remontan a a 1838; la noción de costes de transacción, retomada por Williamson en 1975, había sido definida por Coarse en 1937. Estas teorías, como la teoria de contratos y acuerdos y el estudio de las organizaciones, tienen entidad propia, independientemente del lugar que ocupan la síntesis, y se podrían multiplicar los ejemplos.

Pero no cabe reprochar a los analistas citados no ofrecer novedades que tampoco se habían prometido. Otras debilidades son más reales. Se trata, en primer lugar, de lo que podríamos definir como una especie de deriva instrumental que parece caracterizar la evolución contemporánea de la teoría económica hasta el punto de que, parodiando los signos externos de riqueza de las ciencias físicas, ésta organiza coloquios para preguntarse si es una “ciencia dura”… en el preciso momento en el que las más representativas de estas últimas -arrastradas a los confines extremos de la materia y de la energía- se preguntan si, por azar, no se convertirán en “ciencias blandas”. Se observa muy bien cómo puede producirse tal deriva. En un primer momento, la abstracción aparece como un recurso legítimamente indispensable para analizar la realidad observada. Después en un segundo momento, la abstracción comienza a cobrar vida propia: la reflexión económica lleva a modelos abstractos que giran  sobre lógica interna, sin referencia a la realidad que se debería fundar y justificar sus resultados. Por fin, en una tercera etapa la formalización matemática -indispensable para la elaboración de modelos- se convierte en el objeto principal de la reflexión. Poco a poco, el pensamiento se ha transportado a un “universo” que no tiene nada que ver con la economía ni real ni abstracta. El instrumento del instrumento, la matemática de los modelos, se ha convertido en el verdadero objeto de la ciencia económica.

La nueva corriente deriva, en parte, por este camino. Daremos dos ejemplos. La teoría de los juegos, en sus concepciones iniciales, nos habla del comportamiento de los agentes. Cada uno de sus criterios podía ser claramente asociado a una conducta: prudencia (“ninimax”), temeridad (“maximax”), sensatez, se expresan teniendo en cuenta las probabilidades y los riesgos (Bayes, Laplace, Hurwicz), indecisión (mínimo “remordiemiento” de Savage). Esto se mantiene válido, pero el eje del discurso se ha desplazado. Entonces entramos, en relación con la matriz donde se inscriben las ganancias y pérdidas potenciales de cada jugador, la existencia de estrategias dominantes, es decir, mejores que cualquiera de las decisiones de los adversarios, y estrategias dominadas, para las cuales existe al menos una actitud superior, teniendo en cuenta el comportamiento de los otros jugadores. Y el equilibrio aparece cuando existe una combinación de estrategias, en virtud de la cual la decisión de cada jugador es óptima. De hecho, el establecimiento de datos numéricos iniciales (de los que se parte sin más consideración) y el análisis de las consecuencias económicas que acarrean las diferentes estrategias deberían de constituir el núcleo de la reflexión, en vez de limitarla a caracterizar el tipo de equilibrio logrado.

De la misma manera, la teoría tradicional de oligopolio (Cournot, Stackelberg, Bowley…) nos hablaba no hace mucho  de la conducta de los agentes y de lo que resultaría para los ajustes del mercado. En lugar de eso, se nos habla ahora, una vez más, de la matriz: ¿Comporta un equilibrio? En todo caso del duopolio de Cournot, por ejemplo, ninguno de los participantes tiene interés en mantener su posición inicial “ya que se trata de un equilibio Nash“. La deriva parece imperceptible y sin embargo el discurso se ha desplazado del objeto hacia el instrumento: la teoría de los juegos nos habla de sí misma, con ilustraciones de connotación económica.

No es asombrosa, por tanto, una desviación hacia un tipo de casuística abstracta, pues la pluralidad de los factores que condicionan los ajustes y la sensibilidad del sistema -precio, cantidad, calidad de producto, coste de obtención de la información, reputación, consenso o conflicto, publicidad, etc.- determina una multiplicidad de combinaciones parciales cuya sucesión (y ni la adicción) no sabría restituir lo real. La letanía de casos, examinados uno detrás de otro hace pensar en los manuales medievales de confesores, que contenían una lista interminable de faltas, con todas sus variantes y sus penitencias correspondientes.

…pero más exenta de prejuicios ideológicos

Aun cuando fuera enteramente satisfactoria en su nivel de análisis, la nueva microeconomía, al igual que la antigua, sería incapaz de dar cuenta de los fenómenos macroeconómicos. Con  “mediador” o sin él, con información perfecta o imperfecta, los comportamientos colectivos no se reducen a la mera adicción de comportamientos individuales.

El hecho incuestionable, en economía como en otros ámbitos, sigue siendo que el paso de un nivel de organización a otro va acompañado de un cambio de lógica. Ello no excluye la búsqueda de razones “mico” para los fenómenos “macro”, pero condena definitivamente toda tentativa de reducir el comportamiento de un nivel a la lógica del otro. Esta actitud es la que califica de reduccionista.

Añadamos, por último, que esta economía -replegada en su propia esfera- no integra ya a la precedente, la lógica de las sociedades humanas o de sus relaciones con la biosfera. Se mantiene como una “ciencia de las cosas muertas”. Sobre muchos de estos puntos la mayor parte de los autores muestran una perfecta lucidez y una incontestable validez científica. Emiten dudas sobre el valor predictivo de sus conclusiones: explicar, dicen, las situaciones particulares multiplicando las hipótesis bien elegidas tiene el valor predictivo de sus conclusiones: explicar, dicen, las situaciones particulares multiplicando las hipótesis bien elegidas tiene el riesgo de terminar por no explicar nada. Dichos autores subrayan los límites de la racionalidad atribuida a los agentes, la ausencia de explicación de las “elecciones de estrategia”, el recurso a variables tan difícilmente evaluables como las creencias, y la dificultad suplementaria que constituye la toma en consideración de los entornos complejos.

En una palabra, el proceder teórico ya no sirve para justificar una ideología que camina clandestinamente en la sombra de una pseudocientificidad. Las conclusiones son las que son, el equilibrio existe o no existe, no se busca describirlo como óptimo cuando lo es. P. Cahuc no duda en declarar que se trata de “una teoría de la ineficacia de las transacciones de mercancías”, mientras que B. Guerrien denuncia “a la mayor parte de los teóricos neoclásicos que viven en la nostalgia de la competencia perfecta, de modo que no ponen en duda sus “virtudes” y estudian solamente las “imperfecciones” generadas por la existencia de sindicatos de trabajadores u otros “aguafiestas” que, desde su postura egoísta, impiden que se alcance una “situación óptima”.

Este debate de los economistas “ortodoxos”, aparentemente interno, nos interesa sin embargo a todos, pues “lanza un puente” por encima del abismo que separa a los interlocutores, hace que aparezca una especie de “eslabón perdido” entre los campos que no se comunican. La discusión puede hoy desarrollarse con las armas más recientes y sobre el mismo terreno de la ciencia denominada “normal”, en el sentido de Huhn. No es ya posible para los defensores a ultranza salir bien parados calificando a los otros de ignorantes. Al contrario, ya no pueden persistir en su ceguera rechazando los avances que sus propios instrumentos permiten realizar en su mismo terreno. Despojados del ropaje de la cientificidad exclusiva, aparecen desnudos -como realmente son- y desesperadamente aferrados a algunas hipótesis irrealistas que más tarde sorprenderá que hayan servido de base durante tanto tiempo a tantas elucubraciones.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s